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París

París y las cosas que se heredan sin querer

Mi obsesión con París no es del todo mía. O al menos no empezó conmigo.

Mis abuelos vivieron allí muchos años. Mi madre pasó allí parte de su infancia así que esta ciudad nunca terminó de irse del todo de mi familia, por mucho que volvieran luego solo de visita. Hay ciudades que se heredan.

París, en mi caso, funciona como una memoria prestada.

De pequeña escuchaba historias sueltas: la iglesia de la Rue de la Pompe, las vistas a la cúpula del Sacré-Cœur desde la calle donde estaba “la chambre”, las reuniones con otros españoles, el trabajo de mi abuelo, el gorro rosa que usaba siempre mi abuela. Pequeños detalles cotidianos que probablemente ni siquiera eran importantes para quien los contaba pero que a mí se me quedaron dentro como si pertenecieran a otra vida que, de alguna manera rarísima, también fuese un poco mía. Como si echara de menos algo que realmente nunca viví.

Y luego fui.

Y descubrí que soy extremadamente vulnerable a las farolas amarillas, los cafés antiguos, la gente leyendo sola, el azulejo del metro, los edificios con balcones absurdamente bonitos, las estaciones de tren (las estaciones de tren!!!) y las calles que cuentan historias aunque no esté pasando absolutamente nada pero en las que claramente alguien acaba de enamorarse o replantearse toda su existencia hace exactamente cinco minutos.

París además tiene la capacidad de hacerme sentir emocionalmente profunda simplemente por comprar un croissant y cruzar un paso de peatones escuchando música triste.

Puede hacerte sentir la protagonista de una peli europea de bajo presupuesto sentada en una terraza durante horas con la falsa sensación de estar teniendo pensamientos profundísimos cuando probablemente solo estás disociando mientras pagas 8€ por un café.

En cualquier otra ciudad todo eso parecería una performance insoportable.

Pero París, en cambio, sabe perfectamente quién es.

Es como alguien que se sabe muy atractivo y no necesita hacer absolutamente nada para que te des cuenta.

No intenta adaptarse a ti.
No intenta caerte bien.
No intenta ser cómoda.

Y quizá precisamente por eso resulta tan fácil enamorarse de ella.

Es bellísima y agotadora.
Elegante y sucia.
Romántica y agresiva.

Llena de arte y también de llaveros de la Torre Eiffel vendidos en packs de diez y turistas llevando boinas rojas compradas claramente hace menos de veinte minutos.

Porque París tiene grietas. Y las grietas son siempre la parte interesante de las cosas.

Siempre que voy siento simultáneamente felicidad, nostalgia y una tristeza rarísima pero adictiva que no sé explicar.

Así que con los años he entendido que no vuelvo a París solo por París.

Vuelvo por cómo me siento allí. No sé si más auténtica, más feliz o simplemente más desconectada de la versión de mí misma que normalmente vive atrapada entre asientos contables, artículos del Código Civil y pestañas abiertas que me da pereza cerrar a las 2 de la mañana.

Hay ciudades que visitas y ciudades que acaban formando parte de ti.

París me tiene y no creo que me suelte nunca.